Ali Ba Bá y los Cuarenta Años
Escrito por Sfalkuniam   
Viernes, 25 de Abril de 2008 07:14

Llevaba unos días en los que las palabras le rebotaban cargadas de ira y sin sentido. Como un avispero de voladores insectos que topaban inútilmente contra la rejilla irrompible de la realidad. Ésta se le había vuelto esquiva desde hacía unos meses. La vida tiene cosas que te sorprenden, afortunadamente, y que a veces te dejan a los pies de tus propios caballos, unos caballos espoleados por la pasión, el miedo, la incertidumbre y la inquietud. Su reloj había pasado del tempus fugit al non tempus est. Y reconoció que su vida estaba a punto de caer en una triste dinámica polarizada por dos divertidas fases: había estado cuarenta años temiendo a la vida y, ahora, iba a estar cuarenta años temiendo a la muerte. Las palabras, balizas de esperanzas que lanzaba como las ondas de los murciélagos, le volvían vacías de contenido desde una oscuridad que oscurecía al negro. Se angustiaba, le faltaba el aire cuando el gilipollas del sustantivo volvía de darse el garbeo por la desesperanza con las manos vacías, los adjetivos entraban en una fase de preocupante anorexia y miraban escuálidos y con los rostros chupados la indescriptible complicación de la cascada de segundos, los verbos artríticos perdidos esgrimían bastones estáticos y andaban apoyados por las paredes temblorosos y faltos de energía. Los adverbios andaban perdidos y deambulando bañados en el almíbar límbico del alzheimer, los pronombres avergonzados no salían de sus lujosas habitaciones y apenas abrían la boca… todo era pues un triste espectáculo de conjunciones y preposiciones despeñándose desde los arrecifes desesperadas y muertas de amor, sin tener a qué aferrarse.

El hombre, el bicho con barniz divino, se eleva hasta la cima del tiempo y levantando los brazos al cielo reclama sentido, orden, armonía. Y todo es caos. La tristeza y la alegría copulan frenéticamente. Y cada sorbo de alegría, se remata con una corona de merengue de insatisfacción. El hombre atisba su cénit y el mundo cargado de caos le absorbe desde lo alto de la montaña, y le llama advirtiéndole que la línea recta no es sino un alambre de funambulista. Urge la necesidad de establecer líneas paralelas. “Señores, abróchense los cinturones, vamos a aterrizar”. ¿Ya?

Confieso que no he vivido.”

Gloriosa mañana aquella del rubicundo Apolo, cuando horas antes, Alonso el Bueno, se subió la faltriquera, comprimió sus testimonios y se dirigió al desván dispuesto a complicarse la existencia y desempolvar las armaduras de sus bisabuelos. ¡Qué mal no se vería nuestro hidalgo para estar dispuesto a pasar el resto de su historia como un gilipollas desface entuertos y pulverizador de fementida canalla! ¡Qué mal no se vería! Y qué suerte tuvo de hacer bailar a la realidad a su son, o mejor a su ton ni son…

Y aquí tenemos, la muerte en la esquina izquierda del cuadrilátero, y los sensuales molinos y vitales molinos y provocadores molinos y arriesgados molinos y arrebatadores molinos, amenazando con sus aspas el orden establecido, lo moralmente correcto, lo bueno en conciencia…

Hay que vivir y “confieso que no he vivido”. No nos engañemos. Nunca se tiene todo, nunca el hombre está satisfecho, nunca se tiene todo – qui non mutat, moritur- y en cualquier caso, por muy satisfechos que nos creamos, nos espera la nada y esa sí que es todo nada, esa sí que lo tiene todo, la nada.


Ni siquiera vosotras, estúpidas palabras, que, saliendo como zombies de vuestro asilo neuronal, habéis vuelto a picar el anzuelo de mi desesperanza y de mi quemazón.”

 


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