La ilusión de Eurovisión
Escrito por Tamerlán   
Sábado, 12 de Abril de 2008 09:43

Los años y el devenir de los acontecimientos han acabado con el poco prestigio que le quedaba al antaño mítico Festival de Eurovisión. Pocos son los masoquistas que osan consumir varias horas de una noche sabatina de primavera en contemplar el desfile de artistas, esperpentos y mediopensionistas varios de todos los confines de la vieja Europa que se reúnen una vez al año en ese patio de Monipodio televisivo y que constituye un peñazo insoportable, poco agradable a los ojos y oídos de la estética comme il faut.

A ello debe añadirse la vieja pero reiterada sospecha de muchos sobre que aquello estaba amañado, lo cual parece más evidente en estos últimos tiempos donde la gran cantidad de naciones participantes muestra las complicidades vecinales que se traducen en votos hacia la horrenda canción de la república adyacente y que sólo se justifican por la cercanía kilométrica y la consiguiente y recíproca devolución del favor.

Lo cierto es que los que ya seguramente hemos atravesado el ecuador de nuestra posible existencia —salvo que alguno sea tan afortunado de poseer la dotación genética de Matusalén— recordamos aquel concursete con nostalgia cuando de niños nos pegábamos a aquel viejo receptor televisivo de blanco y negro, grande y casi cuadrado como un ascensor, y mirábamos embobados el despliegue de aquella parafernalia de países que cantaban y que culminaba en una votación algunas veces emocionante.

Todavía recuerdo aquella gran noche cuando se produjo la primera victoria de España en Eurovisión con el famoso “La, La, La” que cantó Massiel; agolpados frente a la caja tonta dábamos gritos como hinchas desaforados, que pareciera como si el premio fuera para nosotros, y las celebraciones de aquel evento fueron excepcionales y fastuosas; al fin y al cabo era un triunfo sobre la entonces liberal y oprobiosa Europa.

Políticas aparte, aquella victoria tuvo el efecto sobre los españoles como aquellas gestas históricas de los tercios viejos de Flandes, cuando sobre las hispanas tierras no se ponía el sol y nuestra Nación era admirada y temida en el mundo entero. Para los españolitos de aquellos años sesenta, que vivíamos la feliz inocencia que da la ignorancia de la realidad, fue como la vuelta durante unos días al esplendor y grandeza del Imperio y el recuerdo de sus conquistas. Por eso, en esta actual época decadente, mal no vendría algún triunfillo de esos, bien sea en algún festival musiquero o en un campeonato mundial de chapas. El caso es volver a sentir “algo” que estimule la unión, pues la diversidad no deja de ser caótica, por mucho que a algunos les guste. Tan caótica como el Chikilicuatre, al que poco porvenir se augura en el festival en cuestión.

 


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